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La joven declaró como testigo en el juicio contra el ex teniente primero de la Bonaerense Julio Torales. Recordó que su hermano le pidió que lo sacara porque lo estaban golpeando. También, que lo amenazaron y que le robaron el dinero que tenía en el bolsillo.

Vanesa, sacame de acá porque me están pegando.» Vanesa Romi-na Orieta, la hermana de Luciano Arruga, re-lató con la voz entre-cortada por el llanto el momento de mayor dramatismo que vivió el 22 de septiembre de 2008, cuando junto con la madre de ambos, Mónica Alegre, se encontraban en el destacamento de Lomas del Mirador, reclamando por el joven, quien estaba detenido en ese lugar. Vanesa precisó que escuchó el grito cuando se abrió la puerta de la cocina de la vivienda familiar, convertida en destacamento policial porque algunos vecinos del barrio reclamaban «seguridad». En su interior estaba Luciano quien, horas después, ya en libertad, le contó que «mientras uno de los policías lo agarraba, otro lo golpeaba». Vanesa sostuvo que uno de esos policías era el entonces teniente primero Julio Diego Torales, detenido y acusado en el juicio que se le sigue por las torturas físicas y psicológicas que Luciano sufrió durante esa detención. Con posterioridad, Arruga estuvo desaparecido desde el 31 de enero de 2009 al 17 de octubre de 2014, cuando fue hallado su cuerpo, hecho que se investiga en otra causa en la que también está bajo sospecha personal policial del mismo destacamento.
Vanesa recordó que entre las 11 y las 16 de ese día, mientras estuvo en la sede policial pidiendo ver a su hermano, mantuvo un tenso diálogo con Torales, quien le dijo que Luciano estaba preso porque supuestamente le había robado a un chico del colegio cercano «un MP3 o MP4, no recuerdo bien». En mal tono, el policía le aseguró: «Tu hermano está acá porque es un chorro, tu hermano robó». Ella le preguntó cuál era la evidencia del robo, quién lo había denunciado, si hubo testigos y si habían dado intervención a un juez de Menores, porque Luciano tenía 16 años.
En un momento de la discusión entre ambos, luego de que Vanesa escuchara el grito y el pedido de auxilio de su hermano, ella reconoció que «se puso como loca» y empezó a reclamarle a los gritos a Torales, quien estaba hablando por teléfono.
«Torales tapó el aparato» para evitar que se escucharan las recriminaciones de Vanesa, que llegó a tomar el tubo con sus manos cuando el teniente primero le dijo que estaba hablando con un juez de Menores, aunque el supuesto magistrado nunca apareció en la escena ni en expediente alguno. El policía le mostró «unos cables» que supuestamente eran del artefacto cuyo robo se imputaba a Luciano, pero ella no le creyó porque «a mi hermano lo detenían con frecuencia en la calle, lo perseguían, lo ponían contra la pared o le apoyaban la Itaka en la espalda por nada».
Vanesa Romina Orieta fue la única testigo que declaró en la segunda jornada del juicio contra Torales, a cargo del Tribunal Oral 3 de La Matanza, integrado por Diana Volpicina, Gustavo Navarrine y Liliana Logroño, que se realiza en una sala de audiencias en la calle Juan Florio 2765, de San Justo, sede de la Unión Industrial del Partido de La Matanza. Detrás del estrado donde están los jueces, en lugar de los emblemas de la Justicia, hay un cartel con el nombre de la entidad empresarial.
«Yo le gritaba (a Torales) que le estaban pegando a mi hermano y lo único que hacía era verduguearme a mí y a mi mamá», afirmó Vanesa ante los jueces. Su relato era sereno, pero en varios momentos tuvo que interrumpirlo porque el llanto le ahogaba la voz. La hermana de Arruga, que en ese momento trabajaba en un call center, tuvo que irse de la sede policial para cumplir su tarea. El reencuentro con Luciano fue a la noche, en la casa de su madre. A Luciano lo habían dejado salir y sus primeras palabras hacia él fueron de reproche: «Negro, la puta madre, te robaste una porquería de teléfono (sic) de mierda».
La respuesta del chico de 16 años, dijo Vanesa, no se hizo esperar y fue en el mismo tono: «Vos sos una pelotuda, yo no me robé nada y encima me pegaron». Ella se arrepintió de sus dichos cuando vio que Luciano «lloraba y repetía ‘yo no robé nada’». Luego le contó que «mientras uno de los policías lo agarraba, el otro le pegaba». Esto había ocurrido antes de que ella y la mamá de Arruga llegaran al destacamento. Ante una pregunta, señaló que «uno de los nombres que me dijo fue el de Torales, lo recuerdo porque fue con él con quien hablé en el destacamento».
Admitió que no recuerda el nombre del otro policía. Los defensores de Torales quisieron saber, más tarde, si su representado era «el que pegaba o el que agarraba». La de Vanesa fue una respuesta jurídica, más allá de su condición de testigo. Dijo no saber cuál era la función del imputado, pero agregó: «¿Qué diferencia hay, si los dos lo estaban maltratando?».
En otro momento de su relato confirmó que su hermano «estaba muy dolorido por los golpes y se agarraba» distintas partes del cuerpo. Ella dijo que no le revisó el cuerpo, pero sí observó que tenía «una inflamación en la cara». Ante esa situación, lo convenció a Luciano y juntos fueron a la guardia del Policlínico de San Justo, para que lo revisaran «y para que nos dieran un certificado». Sostuvo que tuvieron «mucho cuidado, porque el primero que nos preguntó para qué veníamos fue un policía que estaba de custodio».
Finalmente pudieron hablar con un médico «que nos atendió muy bien» y que les extendió el certificado. Hizo referencia, sin nombrarlo, al médico Gabriel González, que declaró el lunes y que constató los golpes en el rostro, al tiempo que señaló que otros signos de la golpiza recibida pudieron haberse manifestado con posterioridad, porque el chico daba muestras de dolor. Un amigo de Luciano dijo ante los jueces que vio huellas de golpes en la espalda, días después de la detención.
Vanesa habló también de la «tortura psicológica sufrida por mi hermano, cuando lo insultaban y cuando lo amenazaban con llevarlo a la comisaría octava, para entregarlo a los violadores que estaban allí detenidos». Después de lo sucedido «Luciano estaba triste, ya no se reía y tenía mucho miedo de salir a la calle».
La testigo recordó, además, que su hermano le contó que cuando lo llevaron al destacamento, esposado, «él tenía 20 pesos que nunca se los devolvieron». Por esa razón, al día siguiente de la detención, llamó a la comisaría y cuando la atendieron les gritó: «Ustedes dicen que mi hermano es un ladrón, pero los únicos chorros son ustedes, que le sacaron los 20 pesos, que eran lo único que tenía en el bolsillo».